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Pintura para sobrevivir: la historia de Orlando Vargas


El arte tiene esa condición mágica e inherente de ser un hilo salvador -como el de Ariadna- en este laberinto que llamamos vida. Puede ser un lugar común pero el quehacer artístico sirve como un salvavidas ante las turbulencias del día a día.

Al menos ese es el caso de Orlando Vargas Miranda, pintor, contador, jugador de ajedrez que ha encontrado en la pintura, una forma de sustento en los días de lluvia. Su historia es, por infortunio, más común de lo que quisiéramos admitir: La pandemia lo dejó sin trabajo-capturista de datos- y al borde de la condición de calle. Ahí se ha enfrentado a la aporofobia social, el vaivén de los desposeídos y la reticencia e incapacidad de la movilidad social. Fue su inquietud y su talento innato en la pintura quienes le ofrecieron un camino.

Orlando no cuenta con una educación formal en pintura. Admira la obra de Van Gogh y de Picasso; en ellos encontró una influencia y una inspiración para seguir luchando. Camina por el centro con sus muletas, y sus cuadros en acrílico, porque al año de haber nacido, tuvo poliomielitis. Una enfermedad que carga como un anacronismo.

Se vino la pandemia y tenía que hacer algo, sin querer vender se empezaron a venderse solitas y me quedé ahí. Está muy difícil conseguir trabajo, por la incapacidad estoy batallando mucho. No he tomado cursos. Se me dio la pintura. Se me da rápido, pinto rápido”, dice Orlando.

Sus pinturas van de figuras populares-como Blue Demon o algún personaje de cómic- a autoretratos, aunque lo que se le da de forma natural son los paisajes: Páramos que encapsulan un paraíso melancólico, atardeceres idílicos, o noches veraniegas donde el viento es una tierna melodía.

En la esquina de la calle Garmendia, en el corazón de Hermosillo, Orlando se pone en su esquina religiosamente: Coloca sus cuadros en la pared y se sienta a esperar que los ojos de los transeúntes capten sus trazos. Al terminar su jornada, se dispone a tomar el camión que lo lleve al albergue donde duerme en el Palo Verde (La ruta 14 es su pasaje). Lleva una sonrisa y una mochila llena de cuadros que encierran una lucha que encontró en el arte su tabla de salvación.