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Todos los conciertos son especiales, se convierten en hijos que parimos

Todos los conciertos son especiales, se convierten en hijos que parimos

Por L. Carlos Sánchez

Tiene su auge el oficio. Lo que empieza como un deseo de acceder a un instrumento, a la postre se convierte en la constante actividad de interpretar para un público masivo. Debe ser que la fidelidad con la vocación se convierte en la analogía de una naranja que cae del árbol después de muchas veces acudir la raíz con el riego necesario.

El sembrador recoge aprendizaje y reparte lo que de él emana. Así Héctor Acosta, el pianista, el director. De pronto lo vemos en la dirección de un grupo de muchachos que logran sus sueños en el escenario. La manufactura dispuesta para expresar en canto. Otras veces Héctor acompaña a un tenor o bien a una soprano. Así la historia de su oficio que es el lenguaje universal: música.

Hoy no es excepción. El nombre de Héctor acosta figura en diversas fechas dentro del programa del Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT) 2020. Participa en: La noche la Universidad de Sonora el día 20 de enero, en Álamos, sede tradicional y principal de este acontecimiento esencialmente música.

El 21 en Hermosillo, Héctor estará dirigiendo el concierto Stabat Mater de Karl Jenkins, con el Coro de Cámara de la Licenciatura en Música de la Universidad de Sonora; el día 22, en Álamos estará acompañando a Luis Castillo, barítono y a Ernesto Ochoa, tenor, en concierto de arias de ópera, algunos tangos, y canciones italianas; el día 25 en Todos Santos, Baja California Sur, acompañará al mismo Luis Castillo en un programa de canción de arte, arias de ópera y algunas canciones mexicanas; ya en tiempos post FAOT, pro en marco del Festival, Héctor Acosta y Luis Castillo, se presentarán en Arizona.

Afable y dispuesto, obedeciendo quizá a ese instinto de periodista que vive dentro de él, y el cual también desarrolla, Héctor atiende esta conversación:

–Héctor, El FAOT representa para tu trabajo una plataforma, ¿qué me puedes decir al respecto?

–El FAOT es escuela para los artistas, es formación, es experiencia, es el acercarnos a proyectos grandes, es unión. En FAOT he hecho buenas amistades, he trabajado con directores que vienen de fuera como en su tiempo cuando venía el maestro Gordon Campbell, Enrique Patrón de Rueda y  algunos otros. Todas esas experiencias suman y te suman a tus habilidades, te hacen estirar tus límites. El FAOT creo que es formativo y cada año significa un reto más que vencer.

–De estos acompañamientos e intervenciones en las que participas en FAOT, ¿hay alguna que te represente un reto mayor?

–Te puedo mencionar el concierto del 21 de enero, en Hermosillo, donde dirigiré el Stabat Mater de Karl Jenkins, por tercera ocasión, y tal vez sea la última que se haga en Sonora en muchos años, es una obra nueva y me emociona mucho porque es una obra difícil de coordinar, está la orquesta, el coro, solistas, también tiene instrumentos inusuales, es una obra un tanto arriesgada y ese concierto me tiene emocionado. Todos los conciertos son especiales, se convierten en hijos que parimos, los vamos creando con cariño y empeño, pero este concierto me tiene con emoción especial por la magnitud del ensamble que estará en el escenario, son muchas personas qué coordinar y es una obra muy interesante, con textos en griego, en latín, en inglés, en arameo, es una obra compleja y bella, ese es el concierto que me tiene con mucha emoción.

–Uno como espectador te puede ver tocar el piano, o dirigir, pero en cuanto a la interpretación, mientras la ejerces, uno no puede verte el interior. ¿Qué sensaciones experimentas, qué pasa por tu emoción?

–Es un tanto similar estar al piano o estar dirigiendo en el sentido de que tienes que ir sintiendo la música, la música te va llevando, tienes que estar totalmente en contacto, y reaccionar. También desde el piano, cuando colaboro con cantantes, hay esa comunión o uno la tiene que hacer con el intérprete. Cuando estás dirigiendo es algo muy parecido, la única diferencia es que en el piano van los dedos, que son los que producen el sonido, y dirigiendo pues es todo el cuerpo que tiene que expresar, pero bueno, no es otra cosa más que estar totalmente concentrado y entregado a la obra que se está interpretando, es como si el tiempo se detuviera y por ese instante esa pieza u obra existe en toda tu vida, es un grado de concentración rico y de mucha emoción, es una combinación de cosas, lo cognitivo, lo emocional, es vivir el repertorio arriba del escenario.

–¿Te habrá pasado que en algún concierto donde hayas estado tocando y sentir el impulso o necesidad de dejar el piano y ponerte a bailar?

–Uno baila desde el piano. Hay repertorios rítmicos, alegres, pero cuando estamos al piano el mismo piano baila por sí solo. Cuando estás al piano nunca piensas en la posibilidad de levantarte, al contrario, es como si te instalaras y allí habitaras. Cuando hay algo rítmico, alegre, es como el tratar de que el piano haga bailar a la gente, no tanto las ganas de uno mismo de bailar. La música danza por sí sola.

–¿Habrá alguna pieza que identifiques que al enterarte que debes tocarla sabes que te puedes romper o desbocar emocionalmente con esa interpretación?

–Hay muchos número de ópera que me encantan y conmueven, te puedo mencionar la escena de amor de la ópera La Bohème siempre que la interpreto es un imaginarme toda la escena y los sentimientos de los personajes, de Mimí, de Rodolfo, enamorados a primera vista en 1800 en París. También hay un número que me conmueve muchísimo que es el dueto de amor de la Buterffly de Puccini. Hay obras como esas que aunque las hayas estudiado, dices: quién sabe qué va a suceder; precisamente por la emoción implícita que va de la mano con el aspecto técnico, pero la emoción a veces se desborda.

–¿Te has permitido llorar alguna vez o el llanto te ha tomado por sorpresa en la interpretación?

–No es que no me lo haya permitido, sino que considero que como músico, como instrumentista, es otro estado mental el que experimentas. Creo que un cantante sí podría quebrarse en ese sentido, porque está más en contacto con el público y con su cuerpo. Como músico nunca he sentido eso, sin embargo sí puedo percibir cuando algo me está tocando las emociones. Mi experiencia se basa en un llorar diferente, no tanto con las lágrimas como estamos acostumbrados.