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EVA MARÍA SANTANA Y LOS MACORINOS RINDEN TRIBUTO A CHAVELA VARGAS

EVA MARÍA SANTANA Y LOS MACORINOS RINDEN TRIBUTO A CHAVELA VARGAS

“Se han de acordar de mí”

Juan José Flores Nava

Esta noche se pagó una deuda. Eva María Santana, acompañada de Los Macorinos, dedicó cada verso, cada canción, cada trago ardiente de raicilla a su querida Chavela Vargas. Por años debió guardar, con entereza, la emoción, el deseo de cantarle a su amiga. Eva María se marchó, a principios de esta década, a seguir con su vida y su carrera de cantante de ópera al Viejo Mundo. En México se quedarían aquellos fines de semana tejidos de conversación, música y bohemía en casa de Chavela Vargas, en Tepoztlán, Morelos.

La última vez que estuvieron juntas, Eva María le anunció a Chavela que se iría a Europa para seguir cantando. Chavela supo que no la vería más. Aquel día, Chavela, que siempre era alegre, dicharachera, enjundiosa, no volvió a hablar. Guardó silencio. Y luego partió de este mundo, sin que volvieran a estar juntas: Chavela Vargas moriría unos meses después, el 5 de agosto de 2012.

Antes, Eva María Santana había grabado, en 2011 —y también acompañada por los guitarristas Miguel Peña y Juan Carlos Allende (Los Macorinos)—, el disco Homenaje a Chavela Vargas (Quindecim Recordings). No obstante, el trabajo, la mudanza a Viena, Austria, y su compromiso con los escenarios de ópera habían evitado, desde entonces, que presentara aquel homenaje de manera formal. Pero anoche, la Plaza de Armas de Álamos, Sonora, la aguardaba. Todo estaba dispuesto: el principal escenario al aire libre del Festival Alfonso Ortiz Tirado, una noche fría, un público atento y entregado, una brillante luna, un repertorio amoroso, varias parejas de todas las edades… Sólo faltaba —para que fuera un verdadero homenaje a Chavela Vargas— la bebida.

“¡Esperé tanto tiempo para compartir escenario con Los Macorinos y rendirle un homenaje a Chavela!”, dice Eva María Santana antes de empezar a cantar. Y agrega con tino: “Sólo nos falta el tequila”. Entre el público alguien grita: “¡Aquí hay lechuguilla!” A la siguiente canción, la lechuguilla —un delicioso mezcal que se bebe en esta región—, le llega al pie del escenario. Eva María se agacha, lo toma y se atreve a echarse un trago. En su rostro se ve que la lechuguilla ha raspado. Ha encendido aún más el pecho, la voz, la mirada de la cantante, quien dice enseguida: “¡Era necesario hacerlo antes de cantar esta canción, la que más le gusta a Chavela!”. Y se arranca cantando “Las simples cosas”: “Uno se despide/ Insensiblemente de pequeñas cosas/ Lo mismo que un árbol/ En tiempo de otoño se queda sin hojas/ Que al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas/ Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón…”

Después de esta canción, Eva María insiste en que hace falta el tequila. Así que unos minutos después alguien del público llega con una botella. Llena. Nueva. Se la entrega. Ella dice: “¡Así voy a acabar! No tomo mucho, pero estas canciones nos hacen sentir…” Un hombre detrás de mí completa la frase: “Sí, sentir que estamos al mismo nivel que la Vargas”.

Eva María y Los Macorinos interpretan ahora “El día que me dijiste”. Al terminar de cantarla, el staff coloca en el escenario una mesa para la botella y los vasos: “¡A ver cómo acabo… si acabo!”, dice Eva María con mucha alegría y le ofrece un trago a sus compañeros. Ellos lo rechazan. “Luego”, le dicen. “¿Pos si no es hoy, cuándo?”, responde ella.

Es muy comprensible que Los Macorinos se mantengan sobrios si se piensa en la anécdota que Miguel Piña acaba de contar en la rueda de prensa. Guitarristas de Chavela Vargas por muchos años, Los Macorinos recuerdan que ella les decía: “A mí me tienen que adivinar porque yo nunca canto igual”. Y sí, dice el maestro Piña, “nunca ensayamos con ella antes de un concierto; sus instrucciones eran: ‘Yo empiezo y ahí me siguen’”. Luego agrega: “Nunca la vimos que vocalizara. ¡Ni gorgoritos hacía! No calentaba antes de salir al escenario. Simplemente salía y ya”.

Un reportero comenta enseguida: “Seguro que eso los ponía a ustedes muy nervioso, ¿no?”. El maestro Juan Carlos Allende de inmediato le responde: “Nervioso se ponía el público. Nosotros no. ¡Imagínate que Chavela Vargas a veces hasta nos preguntaba en vivo: ‘¿Qué sigue?’! Así que nosotros ya la conocíamos. Nosotros sabíamos el repertorio, pero ella no. Era muy espontánea. ¡Era tan espontánea que olvidaba la letra!” Así que, acostumbrados a trabajar por años bajo estas condiciones, vale mejor mantenerse sobrios.

El disco Homenaje a Chavela Vargas contiene 13 canciones. Una a una han sido cantadas en esta velada intimista, sincera, amorosa, dulce por Eva María Santana: “La noche de mi amor”, “Las ciudades”, “Luz de luna”, “El día que me quieras”, “Soledad”… Pero el frío arrecia en Álamos. Así que preocupada, en la recta final del concierto, la cantante pregunta: “¿Cómo estamos? ¿Otras tres o cuatro canciones? ¿Aguantamos un poquito más?”

El público responde que sí, entusiasmado, mientras algunos se apretujan con su acompañante para ganar calor. Alguien más bondadoso llega con las cuatro bolsas de su camisa a cuadros ocupadas por botes de cerveza, que reparte entre sus amigos. ¡Eso es calidez! El único que parece no tener frío en todo Álamos es Steve, un estadounidense que vivió muchos años en Alaska. “Para mi no haber frío aquí”, me diría más tarde, y yo miro con terror que viste bermudas y una delgada camisa de manga corta. El termómetro en el celular marca 12 grados. Las máquinas también se equivocan, pienso: en mis piernas se siente una temperatura de menos cinco Celsius.

Parece que si de ella dependiera, Eva María se queda toda la noche cantando. Pero en unos días más actuará en la noche de gala del FAOT, a las 20 horas del sábado 26 de enero, en el Palacio Municipal. Ahí escucharemos, ahora, sus cualidades como cantante de ópera, como mezzosoprano, al lado del pianista Armando Merino. “Soy bipolar en la música”, dice al público, “pero no nos podemos ir hoy sin cantar ‘La llorona’”. La gente le celebra su canto, su generosidad, su entrega.

Al final, Eva María Santana entregará dos canciones más por puro gozo: “El quelite” y, cómo no, “Mi gusto es”. Con éstas, sí, unos cuantos se animan a bailar. El concierto termina. Sin embargo, antes de irse, Eva María sentencia, como en “El quelite”, como Chavela Vargas: “El consuelo que me queda/ que se han de acordar de mí”.