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CUATRO ESTAMPAS DE MÚSICOS JÓVENES DE SONORA

CUATRO ESTAMPAS DE MÚSICOS JÓVENES DE SONORA

Éxitos y vicisitudes en el FAOT

Juan José Flores Nava

Es miércoles 23 de enero. Ha iniciado ya la sexta jornada del FAOT. Todos estos días, los escenarios han estado colmados de artistas sonorenses: músicos, bailarines, escritores, actores, fotógrafos, pintores. Un periodista de la capital del estado me pregunta sobre el talento local. Me apresuro a responderle que han sido muy interesantes y gratas —cada una en su ámbito— las presentaciones de Paola Gutiérrez o de Los Tres Vagos. Pero su pregunta me queda zumbando. Y entonces hago, ahora, un recuento.

I

Creo que poco se ha dicho (y si se ha dicho vale la pena repetirlo): el Festival Alfonso Ortiz Tirado (FAOT) es, cada año, una posibilidad extraordinaria para que los artistas sonorenses puedan exhibir su trabajo, para que puedan foguearse en una plataforma de altos vuelos, para que puedan medir las verdaderas dimensiones de su talento. La mayor parte de los estados del país no cuenta, ni de cerca, con un festival —mucho menos con un festival fuera de su capital— en el que artistas jóvenes tengan la posibilidad de emplear el mismo escenario (o convivir o escuchar o aprender), de artistas y maestros consagrados.

Dirigiendo ya la mira hacia el cierre del festival —que concluye el sábado 26 de enero—, recuerdo que en el trayecto hacia Álamos conocí al sonorense Édgar Kitazawa. Dijimos “¡salud!”, cerveza en mano. En una pausa del largo camino desde la Ciudad de México hacia Álamos, me ofreció tan esencial líquido. Pude escucharlo a él y a su banda al día siguiente, en La Alameda. Él es integrante de Mala Rumba, un grupo de Baja California Sur que echó raíces en terrenos de la rumba flamenca pero que, al crecer, ha orientado sus ramas hacia muy diversos géneros que van del rock a la música del sur de la India. Mala Rumba (con Édgar Kitazawa —guitarra, voz—), se presentó en el FAOT el sábado 19 de enero.

II

Al día siguiente, el domingo, escuché y disfruté del concierto de la mezzosoprano sonorense Paola Gutiérrez Candia. Muy joven. Guapa. Inteligente. Obtuvo, este año, el Reconocimiento al Talento Joven en Canto Operístico por parte del FAOT. No está de más transcribir lo que de ella apuntó, la mañana siguiente a su actuación en el Palacio Municipal de Álamos, el crítico musical Juan Arturo Brennan:

“Sin duda —escribió Brennan—, Paola Gutiérrez es una mezzosoprano auténtica, con un bello color vocal, el rango adecuado (y amplio) para su tesitura y, de manera particular, un buen soporte en el piso de su registro grave. A lo largo de esta deliciosa sesión musical, Paola Gutiérrez demostró, con consistencia evidente, diversas cualidades. De entrada, la indispensable comprensión de que Händel, Vivaldi y Broschi no se cantan como Rossini, Verdi y Puccini; es claro que sus estudios en materia de interpretación de música antigua han sido más que bien aprovechados. […] Por otra parte, más allá de los evidentes valores musicales de sus interpretaciones, quedó constancia clara de su intención dramática bien enfocada según el contenido narrativo de cada aria, lo que hace pensar que Paola Gutiérrez debe ser una buena actriz en un escenario de ópera”.

No hay que agregar más a estos merecidos elogios. Acaso decir, solamente, que hasta hace muy poco nada se sabía de Paola en la escena musical del estado. Ella andaba, primero, en la Ciudad de México, donde estudió la licenciatura en canto en el Conservatorio Nacional de Música; luego en Barcelona, donde obtuvo el título de maestra en musicología e interpretación de música antigua por la Escuela Superior de Música de Cataluña y la Universidad Autónoma de Barcelona; pero también haciendo giras por Europa o presentándose en México, Italia, Francia o España con el ensamble Antiqva Metropoli. Ahora, Paola va de vuelta a la Ciudad de México para continuar sus estudios: pretende cursar un doctorado en la UNAM con el propósito de rescatar y dar a conocer parte del inmenso y poco explorado repertorio musical del barroco novohispano.

III

El lunes 21, en el Museo Costumbrista, fui testigo de cómo el grupo sonorense Los Tres Vagos —conformado por Leonardo Lozano, Massiel Guzmán, Esteban Valenzuela y Alfredo Véjar— hicieron las delicias del público al traer los ritmos del folk bluegrass americano. Sobre todo el público estadounidense estaba feliz. Los chicos, acompañados del músico Juan Pablo Maldonado —años atrás lo había escuchado cantando corridos literarios con Libro Abierto—, gozaron su actuación. Se los veía, sí, algo nerviosos, pero eufóricos por presentarse aquella tarde en el FAOT.

IV

Ayer, martes 22, fue el día de la Universidad de Sonora en el Festival Alfonso Ortiz Tirado. El recinto principal del FAOT (las noches de gala en el Palacio Municipal) recibió a las sopranos Daniela Chavarría, Liliana Dosamantes y Estela Siaruqui, al barítono Isaac Herrera, y al tenor Salvador Villanueva, acompañados, todos ellos, por Héctor Acosta en el piano. Es decir, más sonorenses jóvenes, a pie firme, en un escenario por el que han pasado varios de los más imponentes intérpretes del bel canto de México y el mundo.

No obstante, las lecciones más hondas, las que templan el carácter, no siempre vienen de los mejores momentos. Ayer mismo, pero por la tarde, los alumnos del guitarrista David García (originario, por cierto, de Navojoa), debieron enfrentar con entereza un desaguisado terrible. Uno a uno, los chicos del ensamble de guitarras de la Universidad de Sonora (Unison) expresaban en su rostro, en su cuerpo, en su mirada, la frustración y la impotencia por el escándalo mayúsculo que se colaba hasta el patio del Museo Costumbrista, mientras intentaban acometer cada pieza. Afuera, a unos cuantos metros, apenas al lado contrario de la Plaza de Armas, el grupo musical Gran Sur realizaba su prueba de sonido, por lo que sus ruidos y tamborazos hacían vibrar por sí solos el cuerpo de las guitarras de estos chicos.

Y mientras Kevin Hiram Félix, César Antonio Quijada, Jorge Adrián Castillo, Saúl Mendívil y César Javier González (todos ellos sonorenses) intentaban hacer sonar obras de Fernando Sor, Bach, Manuel de Falla, Manuel M. Ponce, Máximo Diego Pujol, Federico Moreno y Leo Brouwer, afuera seguía la barahúnda. “¿Pues qué tanto checan?”, preguntó, en voz alta, durante una pausa hecha por los guitarristas de la Unison, una señora del público, quien enseguida, impaciente, afirmó: “En diez, quince minutos se hace un sound check…”.

Tal vez los de Gran Sur nunca se enteraron de lo que estaba pasando. Tal vez sí y no les importó. Sea como sea, el público que había colmado el patio del Museo Costumbrista para escuchar a los jóvenes guitarristas de la Unison, se fue yendo poco a poco. Molesto. Reclamando. Sin querer siquiera conocer las razones (retrasos, compromisos, misas). Solo la cuarta parte de los asistentes permanecieron estoicos, como el temple de los muchachos que supieron llegar al final, a veces golpeando con rudeza la guitarra para hacerse escuchar, a veces rasgando tanto una cuerda que perdían una uña (“son artificiales, no se espanten”, dijo, riéndose, uno de ellos).

Pero todo indica que por la noche Apolo les cobraría la afrenta a los de Gran Sur. Si el ensamble de guitarras de la Universidad de Sonora tuvo, la tarde de ayer al iniciar su concierto, un foro repleto que gota a gota se fue escurriendo, anoche Gran Sur tuvo, desde el inicio, una Plaza de Armas casi vacía: la más flaca cantidad de público de todos los conciertos nocturnos presentados en la Plaza de Armas hasta ahora.

O tal vez no fue Apolo quien causó esa languidez en el aforo, sino el espíritu molesto del zacatecano Manuel M. Ponce al conocer las letras de amor ñoño de la zacatecana Sofi Mayen (dulce apariencia, voz profunda),  vocalista de Gran Sur: “Y hoy quiero, quiero, quiero/ Hacerte llorar como tú me hiciste, pero más” o “Te quiero como nadie te ha querido/ Te extraño más de lo que imaginé/ Te cuido como el ave cuida el nido/ Valórame, que yo a ti te hago bien” o “Ay, si tú supieras/ Qué pinche me siento/ Si pudieras comprender/ Que es una condena/ No poderte detener” o, más aún, “De mí no te mereces ni el saludo, amor/ Ni de mano, ni de beso, corazón/ Me engañaron tus ojitos/ Esos que son tan bonitos/ Haciéndome titubear el corazón”.

O tal vez sucede que Iñaki [Vázquez], Cha! [Javier Ramírez Gómez] y Elohim Corona          —integrantes, al lado de Sofi, de Gran Sur— pierden sus súper poderes cuando no traen, como lo hacen con Moderatto, su disfraz de saltimbanqui. Es un misterio, desde luego, para el que no hay respuesta.