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Sinfónico Noroeste: ergonomía jovial de un otoño siempre eterno

Sinfónico Noroeste: ergonomía jovial de un otoño siempre eterno

L. Carlos Sánchez

Baila un danzón. Con el pentagrama en la memoria. Con la batuta en su diestra. En el corazón del escenario. Ante la juventud de los intérpretes.
El compositor que es también director marca con vehemencia los tiempos de las partituras. En el movimiento de su pelo habita la pasión que es coraje y gozo y entereza y gratitud y humildad y garra.

Arturo Márquez es parte esencial de la noche, esta noche en la cual el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora, en Hermosillo, reúne a los integrantes de diversas orquestas filarmónicas juveniles de los estados del noroeste de México. Festival Sinfónico 2018.
Un concierto que inherente se nos prende en la memoria, inmarcesible, porque es la juventud la que marca el rumbo de los tiempos venideros, porque la transformación de la sociedad solo será a través del arte, como bien lo subrayara en su oportunidad de palabra el compositor alamense Arturo Márquez.
De Beethoven a Grieg, de Saint-Saens a Tchaikovski. Sibelius, Jhon Williams, Franz von Supé, Agustín Lara, Piazzolla. Y Márquez. El enorme Arturo Márquez. ¿Por qué habría de ruborizarnos el adjetivo, el aplauso exponencial a manera de gratitud?
Metales y cuerdas. Un piano que por más que intente ser discreto sobresale. Panderos y percusiones, un güiro que muestra su más oportuna existencia cuando las manos niñas lo abordan con fruición.

De pronto los violines son la sugerencia de un oleaje. La mar en calma que se eleva hasta golpear el muro de contención en el que los espectadores estamos hechos. Las butacas: bálsamo silente que nos privilegia porque en el teatro hay un lugar para nosotros.
Al vaivén de las olas el concierto nos conmueve a su ritmo, uno y otro director, los que atinan el timón de las doce orquestas, visitan la batuta, hacen lo suyo, el regocijo inscrito en un papel a rayas que de pronto muta como una mariposa que extiende sus alas al universo del recinto. El aleteo llena todo de claridad. La catarsis más límpida.

Dan ganas de apagar la rutina para eternizar el presente. La sabía humildad con la que nos recibe Arturo Márquez en su casa que es la música, es invaluable, y no saber qué hacer con tanto.

Y si de las manos del director de Instituto Sonorense de Cultura, Márquez recibe un presente como reconocimiento a nombre de la institución, el rictus de humildad otra vez se convierte en la más potente respuesta de grandeza.

Bailar en el imaginario a ritmo de un Valse Triste (el de Jean Sibelius) desde nuestro rincón íntimo que es la butaca, sentir el rumor del sonido desde un chelo que interpreta la muchachita con su enjundia, contemplar el movimiento de manos en la humanidad de Flavio Herrera, estar allí, en ese lugar en el que adonde quiera que se vea, la suma de todo desencadena siempre en emoción.

Porque la juventud dice presente y apaga por un instante la beligerancia citadina. ¿Para qué otra cosa ha de ser el arte si no para apagar la rabia y sumergirnos en nosotros mismos?

Apenas unas horas. El encuentro de un par de días. Los jóvenes abiertos a la exploración de propuestas de los directores diversos. Porque esto significa el Festival Sinfónico Noroeste: la coincidencia en tiempo y espacio para desarrollar el aprendizaje.

Apenas unas horas y en la escena parecería que la convivencia es desde siempre. Los directores nadan como peces en la corriente de instrumentistas. La magnificencia de un mismo lenguaje, la experiencia que se sumerge en la disposición jovial y andar en armonía, al más puro estilo de la corriente del río cuando el temporal es manso. A veces ardiente.

Indudable el programa oferta el cierre magistral. Porque enuncia el Danzón no. 2 de la autoría de Arturo Márquez, el mismo compositor que a decir de Flavio Herrera, es referencia musical en todos los países de este mundo. Y el privilegio que tenemos los sonorenses de ser su coterráneo.
Arturo Márquez también anduvo la edad los integrantes de este ensamble de orquestas. También fue de la mano de un maestro. Los primeros pasos que recuerda ya en el preámbulo de la dirección del tema que es cierre de la noche.

Ya en el estrado, antes de dirigir, Márquez toma el micrófono, dice su mensaje final:
“Quiero agradecer a los maestros que trabajaron con los muchachos. En este encuentro hice grandes amigos, y pude a ver a algunos que ya hace tiempo nos conocemos.

“Ustedes saben la importancia que tiene el maestro para los estudiantes. Yo quisiera en esta ocasión dedicar este danzón a mi primera maestra de piano, Eva, de quien me acaban de avisar que falleció el día de hoy a la edad de ciento tres años, ella fue mi primera familia musical…”
Luego el escenario se convierte en el recinto de una pasión dicha en notas, el ritmo superlativo cuasi demencial. Las ganas de bailar como un impulso que nos domina. El silencio que significa un estruendo de la emoción. Así el final que antecede a un plus en el que todos cantan.
Sonora querida.