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Pajarita, un nudo de mariposa

Pajarita, un nudo de mariposa

L. Carlos Sánchez

4 Que todos deseamos volar. La premisa es clara. Por eso los niños en sus butacas abren sus ojos, extienden sus manos como alas. Algunos lo hacen literal. Otros en silencio abordan el viaje.

El teatro se vuelve esa esfera donde los imposibles desaparecen. ¿Adónde volteamos en estos tiempos de beligerancia y violencia cotidiana? ¿A qué otro lugar sino es el arte?

Pajarita, un nudo de mariposa es la obra de teatro que Colectivo Independiente Punto Tres, bajo la dirección de Rafael Evans, y en el marco del Programa Nacional de Teatro Escolar Sonora 2018, se presenta para públicos específicos: niños de primaria.

El vuelo inició en Cajeme, de donde es oriunda la compañía de teatro. Ahora los personajes vuelan, vienen, van y aterrizan en el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora, en Hermosillo.

Aquí la historia del inicio de la aviación es el punto de partida. Como lo es también la desolación del personaje que es 2Amelie, quien pierde a su padre a temprana edad y por lo cual ha perdido la voz.

Una pieza didáctica, formativa, que nos lleva de la mano hacia puntos geográficos de nuestro universo. Una propuesta cuya historia surge desde el vientre, justo allí donde el nudo de mariposas desencadena y significa emociones. Muchas emociones. La intensidad de lo que somos.

Una obra de teatro donde el arte actoral, plástico, construye un tiempo fuera del tiempo y seduce con la fantasía siempre presente. Hubieran visto la reacción de Manu mi hijo de tres años siendo el espectador de primera fila. Sus manos emulando las alas de esos aviones, siendo él el piloto, sus pies que alcanzaron tanto para poder soñar. Así es el arte cuando se cuenta de manera fiel.

Un montón de niños, desde antes de iniciar la obra, que se preguntaban: ¿Esos monos son de verdad? Porque los personajes nos reciben con su presencia en el escenario. No hay desperdicio de tiempo, la optimización que dicta la dirección elucubra la seducción que es atención en los espectadores. Éstos llegan, se instalan, y para cuando se da tercera llamada, ya la historia hace rato que comenzó.

Pajarita, un nudo de mariposa, dice tanto de la historia de la aviación, y también dice tanto de uno mismo. He pensado que para uno como espectador adulto, sería recomendable observarla una y otra vez. Porque la infancia tiene esos vericuetos infinitos que nos golpean y nos hacen regresar a lo que fuimos y por consecuencia ahora somos. Es decir, la desolación de Amelie, es nuestra desolación. Esa cotidianidad que cuenta es tan potente que con su propuesta puede ocurrir que uno vuelva a su propia historia y adónde andas mi niño si yo te traje al teatro.

Pienso también en ese momento donde el vuelo es tan real que dan ganas de llorar de tanta belleza escénica. Porque la gratitud no alcanza. ¿Cómo haces para corresponder a la gracia que te entrega y en la que te envuelve la obra? Apenas unos minutos antes estábamos en la ciudad y la estridencia del tráfico, la violencia en las notas de los medios. Y en unos cuantos pasos, al ingresar al teatro, la vida se transforma y la energía que te envuelve te dice: otros mundos existen.

El camino que puede blindarnos como sociedad, que puede proteger a nuestros hijos que es lo que más importa, es este: el arte. El teatro visto y hecho pensando en los niños. Esos niños que son nuestros y que también somos nosotros.

Mientras veía la obra pensaba y apreciaba mucho en la capacidad de ingenio. En el uso de sombras que nos convocan al vuelvo, al juego, la narrativa emocionante. La utilería exacta, el espacio preciso. Una ventana en el cielo de donde emerge la música, metáfora de ese lugar adonde van los que mueren. Amelie apuntando hacia allá, nosotros imaginando qué puede haber allí, concluyendo qué es el paraíso, donde nos esperan los nuestros, los que se han ido.

De esa ventana la música excepcional, en vivo, con un teclado, con una guitarra diminuta que luego se pasea por varios puntos del escenario. Esa música que hace que el vuelo sea más armonioso.

Sobre el vestuario, la utilería, el recurso de objetos antiguos, un baúl, varios velices, un abanico diminuto que dan ganas de tenerlo y abrazarlo, un álbum que guarda la vida familiar y es nostalgia, el pizarrón debajo de una mesa que revela sabiduría, sobre todo eso qué puedo decir más allá de la perfecta selección de esos mismos objetos. Ad hoc. No hay desperdicio, la precisión que es pulcritud. El enganche para con los espectadores también estriba allí.

Y de pronto un pájaro extiende sus alas y de él se despegan las plumas. La imagen más que metafórica es real. Lo manifiesta el júbilo expectante de los niños todos. El equilibrio que desempeñan los actores, la garra, la entrega, nos hacen ver volar a un pájaro. Mejor imagen de libertad no puede haber. Esa libertad física e interior que necesitamos para tocar la felicidad.

***

Elenco:

Amelie: Aranza Kawaminami; El papá niño: Juan Estrada; El papá: Daniel Iván Campos / Manuel Octavio Rodríguez; Músico: Alfredo Barbosa.

Creativos:

Dramaturgia: Marie-Eve Huot; Traducción: Humberto Pérez Mortera; Dirección y producción: Rafael Evans; Diseño de escenografía: Óscar Alán Montenegro; Diseño de vestuario: Lilia de la Feira; Música original: Alfredo Barbosa; Iluminación: Ramón Félix Galarza; Promoción: Heben-Ezer Bobadilla Bórquez; Asistente de dirección: Gustavo Ballesteros Jocobi; Técnico de montaje: Manuel Ignacio Alcantar Peral.