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Festival Kino: los niños toman el pico y golpean la roca

Festival Kino: los niños toman el pico y golpean la roca

Tercer día.

Por Carlos Sánchez

El impulso diluye el pudor. Si la rolita aquella de antaño suena, bailar es inevitable. Porque la memoria ejerce la función y volver los almanaques de la vida es encontrarse con el recuerdo más precioso: el del baile. Con la mujer que ahora es esposa madre de los hijos. Con el muchacho que ahora es compañero de vida.

Si la Orquesta del Chino Medina hace lo que tan bien sabe hacer, las consecuencias son la levantarse de los asientos y poner en práctica los más improvisados pasos de baile.

En una noche de Festival Kino, esto ocurre. Con la complicidad de los niños en torno a la Monumental, la plaza frente a la iglesia Santa María Magdalena, donde los niños juegan a correr alrededor de la fuente mientras sus padres con un ojo al gato, arman la más tierna coreografía.

Cerezo rojo es un solo de trompeta que se traduce en emoción. Sentir es también una reacción que se agradece con aplausos.

Aquí la música clausura cualquier idea de bruma, la diversión es recompensa a esas horas de trabajo, el acontecimiento feliz cuando en familia se dice presente en la plaza, porque hay festival que significa festejar, celebrar.

Momentos antes del concierto, las habilidades histriónicas de Eva Lugo encarna en la existencia de una Gasha que tiene memoria. En el escenario del ala lateral izquierda de la iglesia, se convierte en un foro para el humor inteligente.

El personaje que cuenta anécdotas, la vida y sus implícitos accidentes, la más lúdica anécdota, el paso de baile de esa canción de cumbia que nunca pasará de moda. Hay risas y gritos de participación, las frases espontáneas que se vuelven parte del guion.

Horas antes del concierto en la plaza, el transeúnte es convivencia con las diversas manifestaciones que conforman el programa del Festival.

Por la tarde, por ejemplo, un buen número de niños exploraron por primera vez en sus vidas el interior de una mina. Con la sagacidad que es creación desde el Grupo Metallorum Minera Columbia de México, los asistentes a este taller-exploración, ingresaron al interior de una  mina escenificada en Casa de la cultura de Magdalena.

Cava una mina y encuentra tesoros, se denomina el taller. Los niños toman el pico y golpean la roca. Luego una diversidad de metales se convierte en obsequio, el júbilo se vuelve aprendizaje. Los niños esa tarde regresan a sus hogares conociendo la existencia de diversos nombres de rocas que contienen metales.

La cultura indígena se hace presente con sus rituales de tradición. Mujeres O’odham de Quitovac manifiestan en movimiento parte del movimiento como legado de sus ancestros. Pascolas O’odam de Sonora y Arizona hacen lo propio con sus tradiciones dancísticas. La contemplación de espectadores genera el interés por conocer más sobre las tradiciones culturales de estas etnias. Por eso la conversación se torna inminente con los protagonistas de estos rituales.

Los talleres artísticos se proponen como el más oportuno complemento si de ofrecer el arte en un festival, se trata. Porque observar es aprender, pero si se va más allá, como lo hace la coreógrafa Caro Ferrá, quien lleva de la mano a diversos niños hacia el significado de danza contemporánea, el arte tiene una propuesta más efectiva. Porque la inclusión se convierte en formación. Entender y saber, de ahí quizá el deseo de sumarse a las filas de bailarines, el movimiento como posible profesión.

Festival Kino se convierte hoy en un tren de posibilidades culturales. Contemplar, aprender, bailar. El arte que es bastión si de conmemorar se trata. Cantemos que para hoy los instrumentos ya se afinan. La continuación del programa y la congregación en los diversos espacios. Hay ganas de alegría y con arte se acompaña.