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Norte, un aire de familia: Eduardo Antonio Parra

Norte, un aire de familia: Eduardo Antonio Parra

Texto: Astrid Arellano / Fotos: Juan Casanova y Humberto Anaya

Norte. Una antología, reúne la prueba fehaciente de la existencia de una tradición literaria norteña. Son cuarentainueve los narradores que, a través de sus historias, exponen múltiples visiones de lo que es ser norteño; el lenguaje, los temas, los ambientes, impresos están. Hay entre sus páginas un aire de familia.

Eduardo Antonio Parra es el compilador de esta antología, quien es además narrador y ensayista. Cuenta con textos que le han valido el triunfo en varios certámenes nacionales e internacionales; sus cuentos son esenciales en la llamada Literatura del Norte.

Estamos en una de las últimas jornadas de la Feria del Libro Hermosillo 2016. De Norte y otras cosas, conversamos

En tus textos se nota la marca de agua o el sello norteño, en el lenguaje, en los temas: ¿qué tan rico es el norte para provocar historias?

−Es inagotable. Yo creo incluso que hay betas que ni siquiera se han tocado en la literatura del norte, que están allí esperando. Yo escribí un texto por allá en 1992, que se llamaba Por una narrativa del norte, y allí apenas empezaba y se vislumbraba, pero allí mencionaba ciertos temas que me gustaría tocar o que alguien los tocara, entre ellos por ejemplo, lo de los santos laicos en el norte, que es algo muy curioso: la Santa de Cabora, el Niño Fidencio, todos ellos. Es un fenómeno que no ocurre en el centro y en el sureste, y creo saber que en el norte sí porque la iglesia quedaba muy lejos, igual que la capital, la gente del norte estaba muy sola. Otro que más que un tema, es una beta completa, son las guerras indígenas, que casi no se han tocado: Paco Ignacio Taibo II hizo lo de los Yaquis, pero también la guerra apache fue en México, no en Estados Unidos, aunque los gringos tengan mejor cine. El general Custer era un pobre pendejo comparado con el coronel Joaquín Terrazas, que exterminó a los apaches y lo nombraron un genocidio, cosas así: hay muchísimos temas más en el norte.

Dicen que el calor del norte no te deja pensar y mucho menos escribir.

−Creo que no, eso más bien creo que tiene que ver con un dicho que a veces me gusta y a veces no: “En México, el norte trabaja, el centro piensa y el sur descansa”. No creo, pero si es cierto que el calor y el sol te comen las neuronas, pero lo que sobra en el norte son aires acondicionados y techos. Lo puedes ver: cada vez has más escritores del norte, y cada vez hay más escritores importantes del norte.

Sobre tu más reciente antología: además de que los autores fueran norteños, ¿qué otros criterios de selección incluyó Norte?

−La mayoría, que tuvieran obra bastante sólida, pero también a la hora de escoger los cuentos –esa es una cosa que yo puse en el prólogo y que casi nadie repara en ella– yo pensé en una antología que atrajera a jóvenes lectores. Mi intención original era una antología para jóvenes entre doce y dieciocho años, porque yo me quedé pensando en que lo que yo leí en aquellos años, lo sigo leyendo ahora.

Sí quise escoger textos que fueran totalmente legibles para lectores jóvenes, pero que también fueran memorables para que siguieran leyendo durante siempre. Escogí de los autores muertos, por supuesto, muchos textos clásicos, pero hay de autores clásicos, cuyos textos más representativos no me gustaban para los jóvenes. Pienso, por ejemplo, en Alfonso Reyes: me preguntan por qué no puse La Cena, por qué no puse La mano del comandante Aranda; porque eran textos más aburridos quizás para lectores jóvenes, en cambio el que escogí se llama El hombrecito del plato, que es sobre un marciano.

Esas eran las intenciones, hay autores importantísimos como José Revueltas, como Inés Arredondo, que no están, según yo, con su mejor cuento, sino con uno que fuera accesible para todo mundo. Esa era una de las ideas; que fuera para lectores jóvenes, que fuera una muestra representativa del norte, que se mostrara o que se revelara en esa selección la tradición de la narrativa norteña que los chilangos niegan, y que hubiera algo del lenguaje; se supone que algunos críticos del centro del país, dijeron que los últimos autores antologados no notan ese sello norteño en el lenguaje, yo digo que no lo notan ellos, porque los norteños sí lo hacemos: tiene un aire de familia muy claro ahí. Otra de mis intenciones fue que fuera un libro divertido, atractivo, que lo agarrara cualquier lector y lo disfrutara desde la primera página y que no dijeras tú que esto te aburrió, o está sonso o muy flojo.

¿Y se cumplieron las expectativas?

−Casi todas. Al final se tuvieron problemas de espacio, me dijeron quítale, ya no pongas más, etcétera. Por supuesto hay algunas ausencias importantes que se resienten, pero para cada una de esas ausencias había ciertas razones que no tenían que ver conmigo: por ejemplo, me han dicho mucho de Carlos Velázquez, a mí él me gusta mucho, pero nunca me mandó nada; le escribí y le pregunté si escogía yo y nunca me contestó, entonces no pudimos meterlo. Hay un escritor que murió hace poco y que era poco mayor que yo, Francisco José Amparán, de Coahuila, que ahí la ausencia se debe a una cosa más absurda: no encontré sus libros a la hora de entregar el último índice. Yo no sabía que lo habían reeditado en Almadía, lo hubiera podido conseguir fácil, pero los libros que yo tenía eran muy viejos y no los encontré. No sé si habrá una segunda edición para corregirla y aumentarla, pero no creo que sea necesario, yo creo que cualquiera puede hacer otra antología, por eso se llama Norte. Una antología, no le pusimos Norte. La antología. Este es un primer acercamiento.

Si bien, tú eres uno de los grandes exponentes de la literatura norteña, no estás dentro de Norte, ¿a qué se debe?

−Porque no se puede ser juez y parte. A mí siempre me han caído gordos los antologadores que se incluyen: si estás haciendo una reunión, tienes que quedar fuera. Además, no me hubiera sentido a gusto haciendo el prólogo si hubiera participado yo.

En tu narrativa, abunda la violencia de alguna u otra forma: hay víctimas, victimarios y situaciones. ¿Te sientes obligado a hablar del tema, tomando en cuenta que vivimos en un país en el que la violencia es evidente y que a toda costa se busca invisibilizar?

−Antes de que empezara la violencia, yo ya había escrito cuatro libros y todos trataban de lo mismo. Es el tema el que me atrae, no es el hecho de que esté pasando ahorita. De hecho, creo que el que esté pasando ahorita la violencia en México, es algo fortuito, simplemente cíclico. Todo mundo, especialmente los más jóvenes, piensan que nunca se había vivido una situación tan violenta como la actual; en el México de independencia, se ha vivido más o menos unas seis veces, nada más que nadie tiene memoria histórica, ese es el asunto. Creo que la violencia me atrae porque es uno de los elementos fundamentales de la vida humana, del ser humano; los humanos somos violentos por naturaleza. Cuando tratamos de suprimir esa violencia, lo hacemos con la cultura y la educación, pero es una supresión artificial, el ser humano por naturaleza va a reaccionar violentamente, es como el ser humano es erótico, el ser humano es rebelde, el ser humano es violento, todo eso. La cultura simplemente es una especie de maquillaje para que nos veamos más bonitos, pero en realidad no ha logrado nada en cinco mil años: seguimos siendo lo mismo. Veo la violencia como parte esencial de la condición y la naturaleza humanas.

Eres periodista, ejerciste la nota roja, ¿está el periodismo en tu narrativa? ¿Tienes una visión diferente a partir de él?

−Yo creo que no, yo creo que el periodismo lo que te da es una visión más íntima de ciertos aspectos de la sociedad que por lo general quedan ocultos. Cuando yo entré a la nota roja, ya había escrito mi primer libro y curiosamente mi primer libro es el más violento de todos. Entonces, mucha gente piensa que el libro salió de mi experiencia en la nota roja, y no; más bien yo creo que me contrataron en nota roja después de leer mi libro. El periodismo me dio ciertos temas, ciertos conocimientos del ser humano, sobre todo en el tipo de temas violentos. El periodismo te sirve para tomarle el pulso a una sociedad, eso sí es muy padre, para más o menos vislumbrar sus secretos, las cosas más vergonzosas, pero que también forman parte de ella. En lo particular, el periodismo me ha dado tema para un cuento o dos nada más, he guardado todavía otros temas que a lo mejor me dan para otros cuentos, pero para que la realidad sea una buena obra literaria, tiene que sufrir una transformación total a través del lenguaje, es un trabajo muy arduo a veces; no se trata nada más de escribir la crónica y presentarla como cuento, no funcionaría, no habría tanta literatura, y a mí lo que me interesa es que haya literatura y que haya arte.

Justo hacia allá iba la pregunta, ¿cómo puede transformarse un ejercicio periodístico en un texto literario?

−En principio, te diría que no se puede transformar. Pero vamos, un pedazo de la realidad que ves a través del periodismo, sí lo puedes transformar en literatura, pero tienes que asumir, meterte en el interior de los personajes involucrados, encontrarle el significado a lo que estás viendo. Por ejemplo, si hay un crimen, siempre se dice que es malo; pero no, el crimen puede ser malo o no, tiene muchos significados que te ayudan a comprender la naturaleza humana o la sociedad. Todo este tipo de cosas hay que tenerlas bien presentes a la hora de tratar de hacer un texto violento, no nada más poner madrazos, balazos y muertos.

¿Cómo recuerdas tu inicio en la escritura? ¿Cómo arrojas tus primeros textos?

−Decidí ser escritor más o menos a los dieciséis años, y empecé a escribir entre los veinticuatro y los veinticinco. Ya había terminado de estudiar Letras a los veintiuno, pero seguí leyendo y leyendo, leía mucho. Tomaba muchos apuntes; si se me ocurrían ideas, las anotaba. También copiaba párrafos, páginas o capítulos enteros de los libros que me gustaban. En ese copiado, no sé si algo funcionó como ósmosis, pero de tanto copiar, un día dije a lo mejor ya puedo escribir algo mío y me lancé, escribí mi primer cuento.

 

¿En la escritura funciona igual que con los pintores, entonces? ¿Los escritores también pueden copiar modelos para luego definir su estilo?

−En mi caso funcionó, y además aprendes mucho a la hora de hacerlo. Porque a la hora que estás copiando, como es muy lento, vas viendo cómo se construyen frases y cómo se va construyendo todo lo demás.

¿Por qué eliges el cuento por sobre otros géneros? ¿Qué características tiene que logra atraerte más?

−En realidad no lo elegí, ahora sí que podría decir que me eligió él a mí. Escribí mi primer cuento, pero después me aventé a escribir una novela, o a intentar hacerlo, y la estuve escribiendo durante tres años. Cuando de repente hice un alto y empecé a leer y revisar, llevaba más de quinientas páginas escritas, y me di cuenta que para donde yo quería llevar la novela, todavía le faltaba la mitad, y entonces resultaría en una novela de más de mil páginas. No sé, llevaba tres años, cada capítulo lo escribía con una técnica distinta, un punto de vista distinto para ejercitarme, y llegué a la conclusión de que debía parar, porque no tenía fin. Como se me alargó demasiado, pensé que lo que debería hacer es empezar a trabajar el terreno corto otra vez. Entonces empecé a escribir cuentos, tratando de dominar la forma, y el día menos pensado, me di cuenta que ya tenía los suficientes para hacer un libro. Los junté, armé el libro y me fui al Distrito Federal a buscar editor.

El cuento me parece un género mucho más difícil, por lograr cautivar la atención del lector en pocas páginas, ser más conciso y contundente.

−No dije que lo hice porque fuera más fácil, si no porque quería dominar el acto de contar una historia en menos páginas, y eso fue; por supuesto que tuve que hacer muchos ejercicios y echando a perder se aprende.

El oficio de escribir, vivir la literatura, ¿cómo es?

−Yo creo que como cualquier otro, quizás tenga el elemento o ingrediente de la pasión. Quizás porque es un oficio artístico, de alguna manera te apasiona más que otro tipo de oficio, pero depende del escritor; hay quienes tienen la disciplina de escribir a determinadas horas todos los días, yo no soy de esos. Yo espero a que el tema esté por reventar dentro de mí y me siento a escribir, no tengo horario. Cuando me pongo a escribir, lo hago todo el día o toda la noche, lo que aguante y no hago ninguna otra cosa. Pero así también puedo durar meses sin escribir, trabajando en otras cosas, leyendo, haciendo artículos y ensayos, pero en ficción pueden pasar meses, y ya que la agarro, no hago otra cosa más que eso.

Escribir tiene sus satisfacciones, pero también debe tener sus frustraciones, ¿cuáles podrían ser las de un escritor de cuento? ¿Hay cuentos no logrados?

−Sí, hay muchísimas, pero nadie se da cuenta. Cuando de repente, estoy escribiendo un cuento y veo que no va a salir, simplemente lo paro y ya, ahí muere. Me ha pasado algunas veces, que he terminado un cuento y no me satisface, y termina muriéndose por ahí, lo tiro o lo guardo. De las frustraciones casi no te das cuenta y son gajes del oficio, además, creo que son mucho mayores las satisfacciones.

Esta vocación también la has encaminado hacia la instrucción: ofreces talleres y cursos a gente que quiere escribir.

−Sí y me gusta mucho, porque de alguna manera lo que estás enseñando es lo que ya viviste, estás basándote en tu propia experiencia para enseñarle a los demás. También hay talleristas que no quieren soltar sus secretos, a mí no me incomoda nada de eso, porque digamos, si yo le regalo a un grupo una historia completa, yo sé que la van a escribir completamente distinto, así hemos hecho algunos ejercicios. En este oficio, yo creo que nadie te roba nada, aunque todo mundo se roba todo.

Sobre tus personajes, ¿quiénes son? ¿Cómo les construyes?

−Mis personajes, primero los veo quizás en la calle y me gustan para trasladarlos al papel, otras veces nada más los imagino, tardo un rato, porque en ese ejercicio de imaginación tengo que ver cómo sienten, cómo piensan, para en el momento de empezar a escribir, ya estar más o menos cómodo dentro de ellos. Me uso mucho a mí mismo como modelo, no físicamente por supuesto, sino en la manera de pensar y de sentir, ningún texto que tenga, tiene rasgos autobiográficos, pero en el fondo, muchos de los personajes se parecen a mí, pues los construyo según mi percepción. Los personajes que me gustan son los desposeídos, los que están en las capas más bajas de la sociedad, no sé por qué siempre me llamaron la atención, desde que era niño o adolescente. Luego me gustó la idea esa de darle voz a los que no tienen, aunque sea imaginaria. Pero tratar de imaginar su vida, sus carencias y sus dramas personales, así es como salen más o menos los cuentos, claro, también he tomado personajes de clase media, pero mucho menos.

Algo común es que podemos verlos desde su interior, no como si los observáramos externamente, ¿por qué decidir exponerlos desde dentro de sí mismos?

−Porque es cuando puedes conseguir una empatía con los lectores. Yo creo que si ves un personaje desde lejos, jamás podrás tener empatía con él, y puede sufrir y triunfar todo lo que quiera y no te va a conmover. Tienes que ver el mundo a través de los ojos del personaje, para poder sentir lo que él siente y conmoverte, para bien o para mal, con lo que le está pasando.

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