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La vida sería muy pinche sin libros: Benito Taibo

La vida sería muy pinche sin libros: Benito Taibo

Por Astrid Arellano

Sobre la mesa, una cajetilla de cigarros Camel, encima, un encendedor plástico color rosa fluorescente y transparente. En la mesa también las manos de quien asegura estar hecho de palabras, manos que se mueven cada vez que el escritor busca asirse a una idea, para luego procesarla y escupirla, manos que enarbolan con orgullo la bandera de la Democrática República de los Lectores y que van tocando de puerta en puerta, cual evangelizadoras, en las casas de quien se deje.

En la Feria del Libro Hermosillo 2016, previo a la conferencia Literatura e imaginación, conversamos con Benito Taibo.

¿De dónde nace la necesidad de escribir? ¿Cómo das ese salto de lector a escritor?

Antes que nada, soy un lector, eso es lo que soy y así es como me asumo siempre: no se puede ser un escritor sin antes ser un lector y eso lo tengo clarísimo. Vengo de una familia de escritores, donde los libros han sido una parte fundamental, hemos perdido muchas cosas en nuestras vidas, guerras incluso; pero nunca la biblioteca que nos ha acompañado desde tiempos inmemoriales. A pesar de que se renueve y que los libros no sean los mismos, la biblioteca es una parte esencial de nuestras casas, no sólo de la de mis padres, sino de la mía y de las de mis hermanos. Por lo tanto, el libro ha estado allí siempre, como un compañero perpetuo, aparentemente inanimado, que no es así, porque siempre ha estado vivo y en constante evolución. Cuando yo descubro lo que hay en el mundo del libro y la lectura, siendo yo un niño, a los doce años, me di cuenta de que lo que me hubiera encantado hacer era leer, pero de eso no se podía vivir, así que tuve que ponerme a escribir. Soy periodista de profesión, empecé desde muy chavo, a los dieciséis años: ya cumplí cuarenta años siendo periodista, eso es lo que hago. Empecé a escribir poesía desde los dieciséis, mi primer libro de poesía fue a esa edad. Esto es lo único que sé hacer, es un oficio del que estoy muy orgulloso e intento hacerlo de la mejor manera posible.

¿El periodismo aporta otra visión a tu narrativa? ¿Cómo es que lo unes a ella?

El periodismo lo que hace, es darte oficio. Yo me puse muy contento el año pasado cuando le dan el Premio Nobel de Literatura a Svetlana Aleksiévich, porque yo lo sabía: que el periodismo no era un hijo bastardo de la literatura, como muchos lo pensaban. Este reconocimiento implícito por parte de la Academia Sueca, así lo demuestra. Pero yo lo sabía desde que cayó en mis manos A sangre fría, de Truman Capote; fue en donde dije, güey, esto es literatura, así como con las crónicas de Hemingway y García Márquez, y un montón de periodistas más. El periodismo lo que me dio fue intuición, pero sobre todo, oficio: saber que me tengo que sentar y chambearle. Todo este tema de “las musas” y “la página en blanco”, no entra en mí, porque me acostumbré a sentarme a escribir, por la necesidad imperiosa que dictan los propios tiempos periodísticos. Entonces, bueno, ha sido muy importante.

¿Hay una diferencia entre lo que puede ser el mundo de un lector y el de un no lector?

Sí, y es como el abismo. Lo que pasa es que el mundo del no lector, no lo entiendo porque no lo comparto. Entre los derechos fundamentales del lector, está el no leer. Pero tiene una trampa: el primer derecho es no leer, pero para decidir esto, tienes que haber sido un lector primero. Yo creo que la vida sería muy pinche sin libros, sin ser un lector. Yo sólo soy lo que he leído, nada más que eso, y todos los días cambio, me renuevo, sigo vivo gracias al libro que me acompaña y que me da perspectiva, noción, imagen, intuiciones de lo que hay alrededor. Hoy leí un libro en el avión para acá y ahorita voy a comprar otro, porque el que traía ya me lo acabé, ¿sí me explico? Sin un libro, me siento como si estuviera desnudo, y digo, no está mal estar desnudo, pero lo que pasa es que prefiero estar cobijado por las letras.

Has trabajado mucho en el oficio de la difusión de la lectura: ¿qué tan real es la estadística que se maneja en México en cuanto a índices de lectura?

Yo siempre dije que la estadística era falsa, antes de la nueva estadística que dice que leemos 5.1 libros por año, esta se acerca más a la realidad. Pero la de 1.5 libros, era falsa de toda falsedad, por muchos motivos, porque se hizo sobre una base de datos irreal, no puedes hacer una estadística de lectores y lectura en un país donde hay 40 millones que viven en extrema pobreza, si hay quienes no tienen acceso a la comida, mucho menos tienen acceso a la lectura. Si vas quitando a todos los excluidos sociales por muchos motivos, te queda un mundo mucho más corto: de ese mundo mucho más corto, yo creo que los lectores somos más de los que pensamos. Hoy por hoy, se lee mucho más que hace cinco años, hay fenómenos alrededor del tema que han hecho que la gente lea más y, particularmente, los chavos jóvenes a los que me dirijo constantemente, chavos de entre 14 y 20 años; y la proporción es todavía más bonita, porque el setenta por ciento de esos jóvenes lectores, son mujeres, o sea, el promedio es de siete a uno, entonces tenemos que las chavas están leyendo y que se lee mucho más de lo que se dice, estoy convencido de ello. Una demostración, son las ferias del libro.

Tu conferencia Literatura e imaginación, ¿de qué va?

Va de eso: de cómo el libro nos transforma, nos cambia, nos hace ser otros, nos proporciona herramientas indispensables para la vida, nos da educación sentimental. De eso hablo siempre, de la educación sentimental.

¿Qué es la imaginación? ¿Qué es un libro?

Un libro es capa de torero, paraguas para el sol y la lluvia, pañuelo para las lágrimas, almohada para tener los mejores sueños, cama de clavos para tener las peores pesadillas, escudo para las flechas de la banalidad, de la imbecilidad, de la impunidad; un libro es ladrillo constructor de civilizaciones, un libro es todo eso y más. Y la imaginación va implícita: es la posibilidad de la otredad, es la posibilidad de –sin dejar de estar en tu sillón, en tu hamaca, en la tina de tu baño o en el excusado– poder viajar a otros mundos, la posibilidad de tocar el infinito con la punta de la yema de los dedos, es todo eso.

Te sigo en Facebook, leo tus relatos, tus anécdotas, y me interesa particularmente la parte en la que volteas la tortilla: se decía mucho que los medios electrónicos, las redes sociales y demás, acabarían con el libro impreso; tú hiciste lo contrario, las redes sociales las convertiste en un libro.

¡Sí! Y el que no quiera comprar el libro, me puede leer en mi Facebook. Un día descubrí que en el Facebook tenía mi propio periódico y que tenía un alcance mayor al que pude haber tenido en un diario de cualquier tipo, o en una revista. Además que podía ser mi propio jefe y escribir lo que quería, a la hora que quería y como quería, y la interrelación con los lectores, era mucho más rápida, entonces a mí me parece una joya. Yo siempre digo lo mismo: soy un cronista del siglo diecinueve, que tiene una herramienta del siglo veintiuno y la utilizo lo mejor que puedo. Yo no vengo aquí a vender libros, yo vengo a vender una idea muy sencilla –vender es un eufemismo para lo que hago–, que es traspasar la idea de leer y resistir. Si aspiramos a un país más justo, con mayores oportunidades para todos, etcétera, el libro, la lectura y la cultura serán indispensables para ello, también para convertirnos en seres más críticos y autocríticos, mejor informados, más llenos de nosotros mismos, no será fácil engañarnos de ninguna manera: por eso insisto tanto con el libro.

¿Y el Me gusta?

Yo no voy por me gustas, yo voy por lectores. Es un reduccionismo como muchos en el mundo: no se puede, con un simbolito, expresar todo lo que sientes. Pero sí, en esa línea del tiempo donde hay comentarios, te das cuenta de lo que hay, del fondo, de lo importante, de lo valioso, de lo necesario, de la posibilidad de imaginar entre todos. El me gusta, me vale.