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Quitarse la adultez: La voz de los libros y Niñas de la guerra

Quitarse la adultez: La voz de los libros y Niñas de la guerra

Aquí todavía cabe la capacidad de asombro, el niño interno se aferra a ella y la abraza a su costado. Quiere jugar, descubrir, existir; así como existe también la necesidad de arrancarse –aunque sea a ratitos– al adulto impositivo que piensa que todo cabe dentro de un maletín de negocios, allí en el “mundo real”. El amor por la lectura y la diversidad, en dos puestas en escena de El Relajo Teatro.

 

Esta conversación es con Juan Carlos Valdez, director.

 

Dentro de la propuesta de El Relajo para la Muestra Estatal de Teatro que consiste en tres obras, dos de ellas –infantiles– están bajo tu dirección, ¿cómo es ese trabajo?

Se trata de diversificar lo que venimos haciendo. Nosotros iniciamos con obras de teatro para abarcar temas que se nos iban presentando o por interés propio, siempre dentro de lo que llamamos teatro social. También con el tiempo nos +}fuimos expandiendo para tratar temas ya no por un interés temático, sino por un interés creativo.

 

Ya a partir de esa apertura es que se generaron proyectos como Niñas de la guerra, que está en la Muestra Estatal de Teatro. La estética de El Relajo Teatro busca el contacto directo con el público; adoptamos la idea de que la actriz y su personaje están presentes en escena. No solo existe el personaje como tal, sino la actriz como actriz, por eso en la obra mencionamos los nombres de Nayeli (Sedano) y Rosa (Vilà) porque sabemos que están presentes en escena como actrices en una dualidad que, como director, me interesa mucho mantener, explorar y explotar en las obras. Rosa Vilà, con su experiencia en obras de teatro para niños nos enseñó mucho sobre ritmos, sobre contacto con el público y creo que eso se nota mucho en la obra resultante.

 

Luego viene La voz de los libros, que es un proyecto en el que se busca fomentar la lectura a través del teatro, con un evento en el que se estimula el interés y el gusto de los niños por ciertas obras de la literatura universal, en este caso La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne; Moby Dick de Herman Melville y Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, donde al final del evento teatral, se les entregará el libro, haciéndolo algo redondo. En el caso de La voz de los libros, les presentamos a los niños ciertas obras, una perspectiva de la época del autor, sus intereses cuando era niño o cuando fue creciendo, o de aquel chispazo que le provocó que escribiera la obra, además de algunas escenas que considero importante resaltar y les dejamos picados para al final entregarles los libros; el proyecto nació así, con ese esquema.

 

¿Cómo es que se expone tanta información dentro de una obra teatral?

La dramaturgia buscaba hacer una exposición para los niños, generar un contacto directo como el que hacemos en El Relajo, mostrándoles detalles que parecen datos duros, aburridos, pero el truco es cómo los presentamos. Si lees el texto de la obra está lleno de datos: fechas, nombres, hechos muy puntuales, incluso cronológicos, podrías decir que es una exposición o una conferencia; la diferencia es que los presentamos de una manera muy dinámica, con muchos cambios y viendo a esos actores no tanto como personajes, sino como actores, aquí no decimos nuestros nombres a diferencia de Niñas de la guerra, pero sí somos eso que no está muy bien explicado en escena, donde simplemente los niños nos ven como adultos que están jugando a crear personajes ahí mismo en escena, con objetos, posiciones corporales, un vestuario, un elemento de utilería, y eso es suficiente para crear al personaje.

 

¿Consideras difícil al público infantil?

Lo consideraba difícil porque no tenía a qué enlazarme. Lo que aprendí del nuevo teatro para niños y jóvenes fue que el punto para conectar, es que la visión de la obra sea la visión juvenil o infantil según sea el caso, que la perspectiva desde donde está vista la obra sea esa, ahí fue donde pude entender cuál era mi trabajo como director, como dramaturgo y como actor. La dificultad está en quitarte esa necesidad de hablar desde el lado adulto, que eso sí es difícil; dejar de lado esa visión impositiva de que las cosas son así, para comenzar a hablar desde una perspectiva más infantil, observadora, más analítica, llena de profundidad y de decisiones. Pero finalmente infantil, que no es ni más sencilla ni mas complicada, sino simplemente diferente, con su propio lenguaje. Dejé de decir que era difícil al hacer el ejercicio de quitarme la adultez.

 

¿Qué es ser dramaturgo?

Por un lado, soy como un organizador de ideas, los procesos que he vivido con El Relajo creando obras, han sido englobando la idea general o varias ideas que se quieren poner en la obra y ordenarlas de manera en que podamos seguirlas. Ahora con los nuevos proyectos que pronto iniciarán sus procesos de montaje y funciones, ya voy más por el lado de la provocación de sensaciones; cómo tocarás al público, qué sensaciones vas a activar, qué vamos a provocar. Todo esto puede ser indefinible, pero creo que en esta evolución como dramaturgo que llevo, después de considerarme una especie de organizador, ahora creo que estoy muy interesado en que las sensaciones que se producen generen por sí mismas interés;  averiguar qué es lo que le provocan al público las situaciones planteadas en las obras.

 

¿Es posible, a través del teatro, decirle al público qué sentir o es trabajo del espectador decidirlo?

Creo que va por ahí: el público decide qué sentir. Con cierta dificultad, los dramaturgos hemos ido superando la necesidad de hacer que el público sienta exactamente lo que queremos que sienta, porque finalmente eso se vuelve limitante. Si provocar sensaciones específicas es nuestro objetivo, corremos el riesgo de decepcionarnos porque el público no reaccionó como queríamos, como si ellos estuvieran obligados a cumplir nuestras expectativas. La idea es a través de situaciones que nosotros elegiremos qué tan fuertes, álgidas son, el público responda con cierta intensidad pero que la palabra indefinible sea la que más encaje ahí. Por ejemplo, cuando hablamos de Niñas de la guerra, generalmente el diálogo se va hacia el tema de la justicia y la injusticia, la tolerancia y la intolerancia, el miedo y la confianza, pero creo que hay ciertos matices que la gente se lleva para explicarlos por sí mismos en su fuero interno. Creo que ahí está lo rico; sin decirles qué sentir, los dejamos que ellos procesen hechos y que decidan qué reflexión les queda de la obra. Creo que es una de las búsquedas de las nuevas maneras de hacer teatro y nos estamos adhiriendo un poco a eso, es un forma de aprender y de liberarte de ciertas limitantes o de adquirir nuevas libertades.